Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Expedición Antártica

CAMINO A LA INCERTIDUMBRE

Si es que en algún concepto se pudiese reflejar lo que fue nuestra expedición hacia el continente Antártico es el de incertidumbre; no únicamente por lo inhóspito del territorio al cual arribamos, sino por todo el proceso que significó la preparación de este viaje y cada una de las situaciones que debimos sortear durante la estadía.

I.- La tensión de los preparativos

La primera etapa de nuestra expedición se desarrolló entre septiembre y diciembre del año 2013. En esta nos abocamos al acondicionamiento de los equipos y al entrenamiento en seco, el que realizamos en la playa Caleta Portales y en los patios de la Universidad Técnica Federico Santa María. De esta forma, pudimos preparar los materiales y sistemas que llevaríamos para la realización de los monitoreos y la toma de muestras en terreno.

Sabíamos de antemano que estaríamos ante una situación llena de dificultades, que de alguna manera tendríamos que hacer frente a los problemas que inevitablemente aparecerían. Minuciosamente observamos la mayor cantidad de detalles, verificamos las herramientas y la indumentaria que requeríamos para esta aventura.

No es sencillo hacer una investigación en un lugar como la Antártica, por ello nos preocupamos de los temas más trascendentales para la investigación como de cuestiones tan triviales como averiguar si, en función de nuestro aseo personal, los pañuelos húmedos o el alcohol gel se congelarían al entrar en contacto con la temperatura ambiente del lugar y sobre el mantenimiento del agua, entre tantos otros. Son cuestiones tan cotidianas que parece que estuvieran de más cuando se está acostumbrado a las comodidades de la vida diaria, pero en esas condiciones toman especial relevancia.

II.- Salida imprevista

Dejamos atrás el sol del verano, los paseos por la playa, la ropa ligera y el refrescante anochecer por el manto blanco que nos cubriría durante un mes en el continente gélido. Era el momento del viaje y la tensión aumentó. Pero también había entusiasmo, espíritu aventurero pese a los riesgos, convicción y claridad científica. Eso era lo esencial para poder adentrarnos a uno de los extremos del planeta.

Una de las mayores complicaciones que tuvimos fue el embalaje de nuestros materiales. Esto significó construir cajas apropiadas para los pesados equipos que trasladaríamos. Una empresa las diseñó con doble fondo y un sistema de seguridad para que no se dañaran los instrumentos de monitoreo.

Nunca supimos exactamente el día ni la hora en que viajaríamos. De hecho, fue tal la sorpresa que un día recibimos un llamado y nos dijeron que nos debíamos ir en ese mismo instante. No tuvimos más opción que hacer las maletas corriendo y despedirnos a la rápida, fieles a nuestros ambiciosos objetivos.

Durante muchas horas estuvimos atónitos, sin entender el motivo de este llamado intempestivo. Finalmente nos explicaron que esto ocurrió porque la Fuerza Aérea de Chile (FACH), que en un principio nos trasladaría desde Punta Arenas hasta la Base Frei, adelantó los itinerarios ya que el entonces Presidente de la República, Sebastián Piñera, decidió viajar antes al Glaciar Unión, base emblemática construida hace poco tiempo. La sensación que tuvimos fue como si le dijeran a un astronauta que debe irse a Cabo Cañaveral porque en una hora más sale su vuelo a la Luna. Así de impactante fue el día de nuestro viaje, que además hicimos por separado.

La carga, nuestros preciados y necesarios equipos, algunos de ellos prestados por colegas extranjeros, fue precisamente nuestro gran dilema. De acuerdo a la Carta Gantt que manejábamos, debíamos organizar todo en Punta Arenas, ya que enviamos un camión con carga que llegó a las bodegas del Instituto Antártico Chileno (INACH), y allá agruparíamos nuestros materiales porque excedíamos la cantidad de equipaje permitido. Al menos, necesitábamos llevar los equipos primordiales para ponernos a trabajar mientras el resto de la carga se iba en un contenedor y llegaba en barco. No obstante, el problema es que el barco llegaría dos semanas después, lo que implicaba aguantar esas dos semanas prácticamente mirándonos las caras, por lo que ese proceso fue caótico. Casi todas las decisiones debimos tomarlas sobre la marcha; nada estaba programado así. Entonces tuvimos que simplemente improvisar.

III.- Reorganizando la carga

Una vez en Punta Arenas asistimos a una capacitación obligatoria impartida por el INACH. En la misma jornada, también tuvimos una inducción en primeros auxilios que, dicho sea de paso, fue un tanto impactante por lo explícito de las ejemplificaciones entregadas por el médico.

Salimos de eso y los inconvenientes continuaban. Toda la carga debía ser trasladada en un avión Hércules. Cuando nos fuimos con esta hasta las bodegas de la Fuerza Área de Chile, nos informaron que el Hércules había tenido un desperfecto y eso significaba el primer eslabón de una gran cadena de problemas. No podían trasladar los equipos, había que repensar nuestro plan.

Reorganizamos nuevamente toda la carga. Ahora sería llevada en un avión comercial DAP, cuya capacidad de bodega era muy inferior a la del Hércules. La planificación inicial respecto a las toneladas de equipaje resultó ser inviable. Tratamos de extraer lo que más nos servía para aprovechar esas dos semanas mientras llegaba el resto de las cosas por mar. La verdad es que, sin haber pisado suelo Antártico, ya estábamos exhaustos.

Partimos a la Base Frei y a la Base Profesor Escudero del INACH. Fueron tres horas de vuelo. Ambas están ubicadas en el Archipiélago Fildes; ahí también está Villa Las Estrellas que fue el lugar donde alojamos una noche, aún a muchos kilómetros del Continente Antártico. El día que estuvimos acá asistimos a la primera reunión de coordinación con el personal de la FACH. Esto era necesario porque sin el apoyo de los helicópteros y los barcos no podíamos hacer mucho. Aprovechamos esta instancia para explicarles el proyecto, para involucrarlos, hacerlos más partícipes y que tuviésemos algún grado de sintonía.

Luego, vino una noche de merecido descanso para al día siguiente zarpar muy temprano en la mañana a bordo del remolcador Lautaro con destino hacia la Base O’Higgins. Serían ocho largas horas de viaje. Por instrucción de INACH, no podíamos sobrepasar los 20 kilos en una mochila, entre útiles personales y los equipos que inicialmente llevaríamos. Nos dijeron que cada caja no podía pesar más de 50 kilos. Lejos de lo indicado, lo cierto es que subimos a bordo varias cajas que pesaban más de 200 kilos. En total, cargamos 2,5 toneladas, siendo que teníamos autorizados mil kilos, o sea estábamos sobrepasados por todos lados e incumpliendo todas las normas habidas y por haber. Hay que considerar, además, que cargar las cosas al remolcador implicó subirlas en la playa a un bote zodiac para ser llevadas al barco, ya que no existe un muelle en ese lugar.

IV.- Al fin en territorio blanco

El viaje ayudó a disminuir las tensiones luego de tanto ajetreo. Observamos hermosas imágenes ofrecidas por la naturaleza, entre flora y fauna. Abundaban las famosas skua, que son pájaros carroñeros de la Antártica. De hecho, los tuvimos de huéspedes durante todo el viaje. Vimos témpanos gigantes de hielo, ballenas jorobadas, focas en los iceberg y gaviotas antárticas.

Finalmente, arribamos a Base O’Higgins, donde también está una base alemana científica. Este lugar está emplazado sobre un islote por tanto, y como dicen quienes habitan allí, aún no es Continente Antártico propiamente tal. Solo pasando un puente colgante que existe, al estilo de los puentes tibetanos, se llega recién al continente.

El islote es más bien una pingüinera. Pudimos ver todo el proceso, desde que nacían hasta que en un mes estaban listos para tirarse al agua. En la base hubo también una inducción por parte de la Comandancia, para eso se reunió con nosotros el Comandante con todos los científicos y se nos dio una instrucción respecto a las normas y protocolos de seguridad que se ocupaban ahí, las características de la base y su infraestructura.

Pese a que la noche no existía, no tuvimos problemas para dormir. En realidad era tanto el cansancio que bastaba con cerrar los ojos para luego sumergirse en el descanso sin mayor esfuerzo. La base tiene lo básico para poder vivir, incluso teléfono e internet.

V.- Primera estación de monitoreo

Estando ya en la Base con nuestros equipos de avanzada, instalamos una pequeña estación de monitoreo. Lo que hicimos fue, en primera instancia, medir la calidad del aire al exterior de la base. Además, como la dotación de la Base cambia cada un año y justo coincidimos con venía ingresando un nuevo contingente, los acompañamos en distintos viajes de exploración para reconocer el terreno, ya que no había autorización para salir por nuestra cuenta.

Si bien originalmente íbamos a llevar todos los equipos hacia el Plateau La Claver, que es un lugar accesible solamente por vía área, llegando allá nos encontramos otra vez con una sorpresa: la FACH no nos podía transportar los equipos hasta arriba. La razón es que eran muy pesados, muy grandes, entonces en helicóptero era complejo. Tuvimos que tomar otra vez una decisión sobre la marcha, entonces buscamos un sector que fuera accesible por tierra, muy parecido al original. Finalmente escogimos el sector La Paloma.

Junto al Grupo Geo del Ejército, que es el encargado de exploración, se hicieron acercamientos hacia la zona escogida para reconocer el sector. En ese momento también decidimos dividir el grupo en dos.

En resumen, las actividades en el periodo de las dos semanas de espera para recibir el total de la carga fue instalar la estación de monitoreo y el laboratorio científico en la Base, grabar el material para el muestreo futuro, además de realizar entrenamientos de técnicas de seguridad de montaña en terreno.

Cabe destacar que las exploraciones en motos de nieve a lugares desconocidos son vía GPS, no existe una ruta visual sino que trazada mediante coordenadas por este medio. Se llega a un cierto lugar, la moto que va anclada a una cuerda se detiene, el piloto lleva una varilla de tres metros que va hundiéndola en la nieve hasta ubicar zonas de seguridad, caminando tres pasos. Por eso hacer este reconocimiento es un trabajo que se extiende por varios días. Esto se hizo porque tuvimos que cruzar todos los equipos desde la base hasta el sector Rancagua, que se sitúa ya en territorio antártico, entonces el único camino para llegar era ese y no estaba explorado previamente para asegurar un tránsito sin problemas ni accidentes.

Para cruzar había que hacerlo con un arnés en una cuerda, como si se estuviera en un canopy, porque no había otra opción. Fueron aproximadamente unos 100 metros que nos tuvimos que desplazar por ese medio. El problema es que como la Base está en una pingüinera el suelo es muy resbaladizo y eso puede provocar un accidente. Al llegar, los pingüinos ofrecen un hostil recibimiento con picotazos, lo cual es entendible porque uno es quien está invadiendo su territorio; además, por ley no está permitido sacarlos de su lugar.

Así, todas las actividades que se realizan normalmente en la ciudad allá aumentan cien veces y más su dificultad. A ello se le debe sumar el frío, el viento, los equipos, la cantidad de ropa que se debe usar y lo que significa moverse de un lugar a otro.

VI.- Más allá de la pista de anevizaje

Los monitoreos en La Paloma, sector ubicado al otro lado de la pista de anevizaje (aterrizaje sobre nieve), se realizaron con cuatro equipos. Un espectrómetro láser, el cual permite analizar tamaño, distribución y concentración de partículas PM10, PM 2,5 Y PM1 en tiempo real, es decir, cada seis segundos durante todo el día; un equipo de monitoreo de material particulado denominado Hi-Vol, que permite diagnosticar en concentración de PM 2,5 sobre un filtro la concentración de material particulado y posteriormente la fase gaseosa se hace en unos filtros de espuma de poliuretano; otro equipo de blackcarbon, que permite monitorear este contaminante, el segundo agente causal de efecto invernadero y cambio climático después del CO2, debido a su gran efecto de absorción de radiación y que por tanto provoca el derretimiento acelerado de los glaciares, teoría que es el eje central de la investigación que venimos realizado. Por último, un equipo de medición de incidente y radiación reflejada; de esa manera se puede verificar si hay blackcarbon depositado sobre la nieve.

El objetivo de esta estación que dejamos instalada en territorio antártico es registrar la línea base de contaminación que se está produciendo en los alrededores, lo cual permite además identificar la concentración de material particulado que está generando la actividad humana en la Antártica, que no es puntualmente el objetivo del proyecto: lo que buscamos es verificar la concentración prístina que estaría llegando a los lugares limpios del continente blanco. Por tanto, lo que nos interesa es dar cuenta del transporte a distancia a través de masas de aire.

Esta campaña de monitoreo continuo se extendió más de una semana. Nos acompañaron, siempre fieles a su forma de vivir, los pingüinos. Querían saber qué estaba pasando, más aún con un equipo que emitía sonidos ruidosos, lo cual alteraba la tranquilidad de su hábitat.

Entre todo el trabajo y el cansancio acumulado en este lugar donde la noche se ausenta y la luz es de tonalidad grisácea, y más allá de los equipos y la investigación en sí, nos dimos el tiempo de admirar a estas aves y reconocer en ellos rasgos que cualquier humano podría envidiar. Son animales muy paternales, las parejas duran para toda la vida, se turnan para salir a cazar y traer comida a las crías; además tienen bien repartidas cada una de sus funciones, lo que es bastante interesante del punto de vista de cómo se relacionan y cómo conforman sus comunidades.

VII.- De vuelta a casa y la cuenta regresiva para el retorno a la Antártica

La Antártica está lejos de ser un recuerdo: deberemos volver. Estimamos que sea en la misma fecha que este año. El motivo es que algunas de las muestras resultaron contaminadas, por tanto habrá que tomarlas de nuevo. Al menos la experiencia ya nos enseñó a actuar sobre la marcha y a desechar planes demasiado rígidos.

El regreso de nuestro primer viaje fue la coronación de una estadía que podría alimentar un libro completo con anécdotas paralelas a la investigación. El barco que debía llevarnos hasta la Base Frei no podía pasar pues un enorme murallón de hielo le impedía seguir avanzando. Armados de paciencia, finalmente se soltaron las anclas y partimos, pero ahora el problema estuvo en el aire. El mal tiempo hizo que el avión que nos conduciría de regreso a Punta Arenas declinara en realizar el viaje. Milagrosamente un avión brasilero, contra todas las inclemencias climáticas, ascendió hasta los cielos con nosotros a bordo. Al fin, ya en Punta Arenas, comenzaba el anhelado retorno a casa.