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Glaciar Echaurren

EL PRIMER PASO HACIA NUNATAK

Corría octubre del año 2011 y nos encontrábamos a 4 mil metros de altura en la Región Metropolitana. Se iniciaba el extenso camino de lo que hasta ahora ha recorrido la investigación en la búsqueda de los datos que avalen nuestra hipótesis.

Nuestro primer destino fue el Glaciar Echaurren. Un helicóptero nos hizo ascender hacia este, junto a algunos colegas de la Dirección General de Aguas (DGA). Ellos nos brindaron refugio aprovechando su visita en el marco de una campaña anual, ya que la DGA cuenta con uno en esa zona. En ocasiones anteriores intentamos participar de dicha campaña pero no se había podido concretar. En aquel entonces no sabíamos casi nada y prácticamente nos fuimos con lo puesto, o más bien con lo básico. En el camino aprendimos.

La travesía se inició casi dos mil metros más abajo, en el embalse El Yeso, lugar donde preparamos el equipo y los materiales que posteriormente serían trasladados en unos chinguillos tomados por el helicóptero para ser llevados hasta el lugar del campamento. Era la primera experiencia en montaña y había bastante nerviosismo.

En ese tránsito de aprendizaje fue cómo surgió el Proyecto Nunatak, que tiene bastante relación con lo vivenciado en esta primera expedición oficial, pues anteriormente habíamos participado en otras de menor envergadura. Surgió la necesidad de poder contar con una infraestructura que permitiera extender nuestra estadía y la de los equipos y que al mismo tiempo sirviera de plataforma científica, en terreno, para otros investigadores.

Llegamos al refugio de la DGA y tuvimos la primera sorpresa. Un fenómeno de la naturaleza que podríamos definir como inexplicable. Al interior de las dependencias, se encontraron restos que daban indicios claros de la presencia de un visitante poco querido: un roedor. Pese a que no pudimos dar con su paradero, el hecho fue curioso ya que no pudimos imaginarnos la manera en que semejante criatura, propia de las ciudades o de las zonas rurales, había llegado hasta ese lugar tan inhóspito. Teníamos la imagen de pingüinos en la nieve pero jamás de ratones.

El refugio era un lugar pequeño pero acogedor. En las noches hacíamos reuniones de camaradería tras la extenuante jornada de trabajo. Incluso alcanzábamos a captar la señal de una radio, con lo cual pudimos hasta escuchar un partido de fútbol. A las afueras de este, instalamos nuestro camarote: una pequeña carpa de alta montaña que pusimos sobre la nieve. Más de un problema tuvimos pues al principio se filtraba el agua, lo cual resolvimos colocando algunos cartones en la superficie. Afortunadamente nos acompañó el buen tiempo.

Los días, en las antípodas de la noche, eran muy calurosos. Eso al menos nos ayudó a secar la carpa. La falta de oxígeno propio de la altura y el peso de los equipos hacían más dificultosas las labores, pues había que trasladarlos por una pendiente inclinada y caminando con la nieve hasta las rodillas, lo cual nos tomaba aproximadamente una hora. Descubrimos la importancia de contar con un buen estado físico para participar de este tipo de expediciones.

Montamos los equipos incluso antes que nuestro improvisado campamento. El mismo día nos adentramos hacia el glaciar, mientras la gente de la DGA hacía sus propios estudios en otro lugar cercano. El trabajo se extendía durante el día completo. Teníamos que subir la pendiente, bajar al glaciar y posteriormente buscar los lugares apropiadas para cavar. Esta sin duda fue la parte más agotadora.

En los cinco días de estadía, extrajimos nieve superficial y en calicata, y analizamos aerosoles atmosféricos, para lo cual llevamos nuestro equipo de generación de alto volumen, con el cual tomamos muestra de aerosoles en filtro para hacer especiación química, y el espectrómetro láser de aerosoles, que mide tamaño y distribución de partículas.

La vuelta hacia el campamento, ahora con las muestras en nuestro poder, era el doble de cansadora. No teníamos trineo o algún otro medio de transporte que nos facilitara el regreso, por lo que debíamos hacer todo a pulso. Optamos por arrastrar los cooler y hasta poner la nieve en las mochilas para hacer menos complejo el traslado.

El retorno no tuvo grandes novedades. Desmontamos el campamento, ordenamos el equipaje personal, embalamos los equipos y las muestras, para viajar junto a un tambor con basura pues no se permite dejar desechos humanos en el lugar. Al fin vislumbramos, entre las montañas, el helicóptero que nos llevaría otra vez a casa. Atrás quedó el Echaurren junto a la Laguna Negra pero seguimos sumando antecedentes y argumentos a favor de nuestra investigación.